El perro no necesita un guía espiritual, ¡necesita herramientas!

Pablo Capra

12/09/2025
En un mundo de extremos entre el adiestramiento tradicional y la contemplación emocional sin acción, muchos tutores se sienten perdidos. El perro no necesita un guía espiritual sino herramientas. Esta es una mirada crítica y honesta sobre lo que realmente necesita un perro para aprender, adaptarse y vivir mejor. La educación canina entre extremos Hace […]

En un mundo de extremos entre el adiestramiento tradicional y la contemplación emocional sin acción, muchos tutores se sienten perdidos. El perro no necesita un guía espiritual sino herramientas. Esta es una mirada crítica y honesta sobre lo que realmente necesita un perro para aprender, adaptarse y vivir mejor.

La educación canina entre extremos

Hace años que vengo viendo cómo la educación canina se mueve entre extremos. Por un lado están los enfoques tradicionales que todavía hoy enseñan a caminar pegado a la rodilla, como si el perro fuera un soldado al que hay que marcarle el paso. Un modelo rígido, centrado en el control y la obediencia, que sigue creyendo que el respeto se impone.

Después están los llamados “balanceados”, que reparten premios y castigos con la misma liviandad con la que se mezclan recetas de cocina. Usan un poco de refuerzo con un poco de corrección, y lo venden como equilibrio. Pero eso no es equilibrio: es ambigüedad. El perro no aprende con claridad, o no por los principios técnicos que creen estar aplicando, y muchas veces, el vínculo se resiente.

¿Y después del castigo, qué?

También estamos quienes abandonamos del todo los métodos aversivos, intimidatorios y crueles. Ya no hablamos de jerarquías, ni de dominancia, ni de ser el “líder de la manada”. Ese es un paso importante. Pero incluso dentro de esta corriente hay caminos muy distintos: algunos trabajamos desde fortalecer la comunicación y el vínculo, con análisis funcional, estructura y objetivos claros. Otros, en cambio, fueron hacia un enfoque completamente instintivista: centrado en lo natural, lo salvaje, lo emocional, con poca o ninguna intervención técnica.

Gurús suaves y promesas emocionales

Esta nueva corriente habla de vínculo, de lo relacional, de “dejar ser al perro”, de conectarse con su energía, con su esencia. En algunos casos, con un tono casi espiritual, como si el perro fuera un maestro zen. Esa mirada tiene cosas valiosas: nos invita a observar más, a frenar la urgencia de intervenir, a respetar los tiempos del perro. Y eso es necesario. Pero muchas veces se queda ahí: en la contemplación, en la experiencia estética del vínculo. Y la contemplación es parte de la intervención, pero a veces no alcanza.

Algunos de estos enfoques incluso sostienen que se puede modificar la conducta de un perro sin usar castigos… ni reforzadores. Sin condicionamiento clásico ni operante. Sin habituación ni sensibilización. Solo observando, acompañando o “sintiendo”. Y aunque eso suene amoroso, termina funcionando como cualquier otro gurú: no muy distinto del macho lomo plateado que te grita “¡pssst!” en la cara, pero en versión empática y suave. La promesa es la misma: una solución mágica, sin esfuerzo ni complejidad, que genera adhesión más por una necesidad emocional que por resultados reales.

“Dejar ser” no es “dejar hacer”

Desde el 2010  vengo sosteniendo que «dejarlo ser perro» tiene que formar parte de toda intervención. Que el perro no es un humano, ni una máquina, ni un lobo. Es un animal social, emocional, con su manera particular de estar en el mundo, de sentirlo y responder a él. Pero también creo, y lo sostengo cada día en la práctica, que dejarlo ser no es permitirle hacer todo lo que desea, ni confiar ciegamente en que sus capacidades naturales bastan para adaptarse a este entorno, y que el respeto sin dirección no genera bienestar, sino incertidumbre.

El peligro de no intervenir

Si lo dejamos “ser” sin herramientas, lo condenamos al estrés, a la reactividad, a la desconexión. Y muchas veces, sin darnos cuenta, lo volvemos espejo de nuestras propias ansiedades. El perro no necesita que lo sobreprotejamos: necesita que lo ayudemos a construirse.

Intervenir con criterio

Por eso no alcanza con conectar emocionalmente o con observar sus señales. Hace falta intervenir. Pero intervenir con criterio. Con análisis. Con técnica. No para imponer, sino para ayudar a regular. No para exigir, sino para construir alternativas que el perro sí pueda sostener.

No creemos en la obediencia ciega, pero tampoco en las intuiciones mágicas disfrazadas de respeto. Creemos en trabajar con lo que el perro necesita, en cada caso, en su contexto real. No desde el molde, ni desde la receta universal, ni desde la filosofía cómoda de “todo está bien como está”. A veces no está bien. Y si no intervenimos, las cosas no cambian.

Lo que hacemos en Escuela Canina Selva

En Escuela Canina Selva, por ejemplo, nunca enseñamos a caminar pegado. No creemos que el perro tenga que estar “a tu lado” como si fuera una sombra de tus piernas. Enseñamos a caminar juntos. Si va adelante, atrás, a un lado, no importa: mientras el paseo sea cómodo, fluido, sin tensión en la correa ni en el cuerpo, está bien. Priorizamos que el perro pueda ser y hacer cosas de perro. Pero eso no significa que no haya límites, estructuras o decisiones humanas involucradas.

Porque el perro, mal que nos pese, vive en una ciudad. Y la ciudad es un entorno diseñado para humanos, no para perros. Hay autos, ruidos, horarios, ascensores, veredas angostas, otros perros, personas que no saben leer lenguaje canino. Hay reglas, presiones, frustraciones. Y en medio de todo eso está el perro, tratando de adaptarse a un mundo que no entiende del todo.

Nuestro enfoque: el método S.E.L.V.A.

Por eso desarrollé el método S.E.L.V.A.: una forma de trabajo que parte de la emoción, del entorno, de la historia de aprendizaje, de los vínculos que ya existen. Pero que no se queda en la observación. Tiene fases, objetivos, protocolos, ajustes. Porque entender al perro no es sólo empatizar: es saber qué hacer con lo que vemos.

El cambio real necesita método. Porque si no hay método, lo que queda es intuición. Y la intuición, sin revisión, se convierte en ruido. A veces disfrazado de empatía, pero ruido al fin.

Cuando la empatía reemplaza a la intervención

Muchos educadores que se presentan desde el respeto, el vínculo y la conexión emocional con el perro, con discursos amables, llenos de sensibilidad, en realidad están evitando intervenir. Y eso no siempre es una decisión ética.

La empatía sin técnica puede volverse un escudo: una forma elegante de justificar la inacción o la falta de recursos. Un lugar cómodo desde donde explicar todo sin tener que transformar nada. Y cuando eso pasa, los perros quedan atrapados en una justificación permanente: que es miedoso, que es reactivo, que es sensible, que los estímulos, que los otros perros… Siempre hay una explicación. Pero rara vez hay un plan.

Y no hablo de evitar un encuentro puntual o modificar un contexto estresante como parte de una intervención, porque muchas veces eso es necesario, sino de cuando esa evitación se vuelve la intervención.
Cuando al tutor se le enseña a cambiar de horarios, esquivar otros perros, desviar la atención… pero nunca se avanza sobre las bases del perro para que desarrolle herramientas frente a eso que hoy lo sobrepasa.

Ahí ya no estamos cuidando al perro, estamos armando una rutina de evasión que no resuelve nada, solo posterga.

Porque no alcanza con consolar: hay que saber qué hacer

Hoy más que nunca veo que muchos tutores están confundidos. Vienen de cursos donde les dijeron que todo se resuelve con “amor y paciencia”. O que lo único importante es “leer al perro”. Y claro que eso es importante. Pero si no saben qué hacer con eso que leen, se quedan paralizados. En esa confusión, muchos terminan buscando respuestas en donde hay más consuelo que herramientas.

Y yo creo que se puede ofrecer las dos cosas: contención y técnica. Sensibilidad y estructura. Humanidad y profesionalismo.

Porque educar no es ni adiestrar ni mirar desde lejos. Es meterse, con conocimiento, en el barro de cada caso.
Y para eso estamos.

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